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Uno más uno no son dos

Conoces a alguien, te gusta, pasas tiempo con esa persona. Los sentimientos crecen. Tratas de no proyectarte, de no dar rienda suelta al castillo de humo que intenta abrirse paso a través de la sinapsis neuronal. No, es demasiado pronto para permitirte hacer la suma. 1+1 aún no son 2.

Si traslado esto a mi persona, me cuesta estar en equilibrio cuando aún no somos nada y sin embargo me apetece contar con él para hacer cosas. Me cuesta dar la libertad de que haga lo que quiera sin que me afecte. Que no me incluya en sus planes, que no me conteste a los mensajes, que sólo quiera verme dos veces a la semana o que no desee que conozca a sus amigos.
Es la sensación de inseguridad, de sentirme ridícula proponiendo y que no tenga respuesta. Sentirme pesada, intensa porque quiero más y no me da más, y es que aún no es el momento o sencillamente él es así, o está a otras cosas. No obstante, deja claro que le parece mal que yo vea a otras personas, por no hablar de que tenga encuentros sexuales con otros hombres. Quiere monopolio sin agobio. A su ritmo, no el mío. Espacio, paciencia, unidireccionalmente. Que le espere, pero sólo a él. Que si él quiere algo de mí, se lo dé. Sin incertidumbres, sin dobles sentidos.

Por eso siento que estar con varias personas dispersa o divide esa energía intensa, comparte mi necesidad de atención y me hace permanecer a distancia, sin llegar a bajar la barrera totalmente. Es una terapia de desapego útil, cómoda. Entretiene. De este modo, no puedo exigir, y no pueden exigirme.

¿No es esto un miedo atroz a fracasar en el amor? ¿A permitir acercarse a otro ser humano? Tengo parte de responsabilidad en el asunto, pero he de admitir que mis encuentros amorosos difícilmente permiten que me relaje, me abra, apueste por el hombre que tengo delante. Después de abrirme a él, de decirle que no quiero perderle, imaginaba que quizás las cosas cambiarían. Pero me equivoqué, una vez más. La cuestión resulta en otra decepción.

Se hace tan sencillo el recambio. La devolución del objeto adquirido. Es como en una tienda ‘ya no me gusta, quiero otro’. Nadie apuesta por nadie. Nadie escucha de verdad. Me falta una mirada directa a los ojos, un ‘prometo que no voy a salir por patas en cuanto esto se ponga serio, en cuanto te pongas rara’. Joder, es que me pongo rara. Me da miedo pedir. Algún tipo que otro, con este patrón me ha repetido que quizás no merezca. Y lo cierto es que en cuanto me ilusiono un poquito, viene la suma a ponerme en mi sitio. Uno más uno no son dos.

Buscaba un refugio

Buscaba un refugio. Para pasar el invierno, arropada, segura. Al abrigo del mundo, del dolor y los malos recuerdos. Un refugio, para hacerme fuerte, para llorar en sus brazos. Sólido, resistente, impávido. Con enormes vigas de madera.

No hay refugios, Belén. Al menos no como tú los dibujas en tu cabeza. No son viriles y feministas a la vez. No te cuidan y te escuchan. No bailan sólo contigo. No te consuelan del mundo hostil. No. No existen.

Hay personas, igual que tú. Con miedos, sueños. Con oscuridad y luz. Pero humanos a fin de cuentas. Repletos de sangre, músculo, grasa, de tendones y huesos, de tripas. Que a veces están, otras, ni siquiera están para ellos. Que tienen pánico al compromiso, a que los leas desnudos. A que los amen, porque ni siquiera ellos se aman. Terror a abrirse, a mostrar lo vulnerable, las estrías y cicatrices. El dolor y la mierda. Humanos disfrazados de modas, de tatuajes, ropa y complementos. Con motos bonitas, o barbas cuidadas. Con más miedo que siete viejas. Personas, igual que tú.

Deja de buscar imposibles, Belén. Suelta la utopía infantil que siempre te acompaña. Abandona la cruzada. Perseverancia no necesariamente es sinónimo de triunfo. Para bien o para mal, ya lo sabes, el único refugio, el que de verdad existe, el que te calma, el que anhelas, está dentro y no fuera.

Naciste lechón…

‘Naciste lechón, morirás cochino’, es una frase que quedó grabada en mi subconsciente. Fue una frase pronunciada al final de una cita que tuve hace unos meses con un chico al que, por cierto, no quise dar otra oportunidad. Estuvimos paseando toda la tarde, tomando unas tapas. Hablando todo el tiempo sobre lo que esperábamos de la vida, nuestros sueños, experiencia, las hazañas vividas…

Soy una persona directa, honesta. Quizás a veces en exceso. Doy demasiadas indicaciones sobre mí y tiendo a ponerme etiquetas que no siempre me corresponden.

Mi principal batalla en la vida ha sido enfrentarme al hecho de que tuve una infancia carente del apoyo y aceptación que permite desarrollar a un ser humano completo, sin el amor incondicional que potencia la personalidad y fomenta la autoestima. Eso cala con una profundidad difícilmente ponderable. Me condicionó inmensamente.

He ido comprobando la profundidad de la huella que dejó en mi ser conforme he ido creciendo y he tenido que enfrentarme a distintas situaciones. Situaciones que para otras personas resultaron fácilmente solventables y que para mí se hicieron y se hacen aún hoy complejas en exceso. De hecho, ha habido momentos en los que me ha sorprendido mi reacción, llegando a no reconocerme incluso.

Esta herida ha hecho de mi vida una épica cruzada en busca de protección, seguridad, amor, aceptación, apoyo, reconocimiento, atención… Pero en el lugar equivocado. Puedo resumirlo en una palabra. Padre. Papá. Siempre he buscado una pareja que supliera esa figura. El que tuve en casa actuó con demasiada violencia, con exigencias, dureza y crueldad. Me gustaría tener recuerdos distintos, sin embargo mi niñez trae a mi memoria el miedo, el dolor y el castigo.

Desafortunadamente siempre me he considerado un ser humano averiado, a medias. Con un sargento implacable en su interior con la capacidad de destruir mi autoconfianza. Gracias a ello, llegó un punto en que toqué fondo. Tocar fondo es lo mejor que me pudo pasar. No había más abismo hacia el que caer. Por tanto, el único camino era hacia arriba, adelante. Y lo hice. Lo estoy haciendo. Lo haré. Sin mirar atrás. Luchando cada día contra mis monstruos. Ésta es la batalla más extraordinaria de mi existencia. Porque implica deshacerme del condicionamiento que me ha hecho ponerme capas y capas de pinchos hacia afuera, hacia adentro, de introyectos, de obligaciones absurdas, de críticas despiadadas hacia mí misma e impedimentos autoimpuestos. Comprendí con el paso del tiempo que mi objetivo es mi camino, que es largo e intrincado pero que recorrerlo me hace poderosa y consciente. No siempre dirijo mis pasos hacia la luz, pero me permito la compasión suficiente para errar, tomar consciencia y recalcular la ruta.

Dejé de ver a ese chico además de porque me mintió en la primera cita, porque era incapaz de creer en mí, en mi capacidad para resolver el mayor reto de mi vida. Aprender a amarme a mí misma. Así que lo último que le escribí literalmente fue:

He tomado la decisión de hacerme independiente emocionalmente. Sé que tú repites “quien nace lechón, muere cochino”. Pues voy a tratar de morir tiburón ballena.

Ya sólo me resta encontrar la senda que me lleve al océano 🙂

Luz

Deja que la luz atraviese cada centímetro de tu piel. Que salga de dentro afuera, que queme todo a su paso. Deja que te atrape, que te envuelva. Intégrala en tu ser. Adáptala a tu molde, hazla tuya. Avanza con ella, abandónate a su rumbo. Mece tu alma en su estela. Que sea tu norte, que seas su estrella. Ama su destello y su fuerza. Crece bajo su guía. Pues sólo aceptando tu luz, harás de tu camino el viaje más hermoso de tu vida.

Mi carta para ti

Querido cómplice,
Todo en la vida suele resolverse de una manera distinta a lo que esperamos. En muchas ocasiones, independiente de nuestros deseos, de la energía y el dolor que pongamos en ello. Con esto quiero decir que practicamente cada proyección perjudicial que alimentes, no sucederá. Cada preocupación a la que des alas, no contribuirá positivamente a arreglar el conflicto que te aflige.
Así, mi consejo, que sirve para absolutamente todo lo que de ahora en adelante enfrentarás es el de soltar. Suelta! Suelta la preocupación, el miedo. Suelta las pesadillas, las proyecciones, los malos pensamientos. Suelta. Suelta a las personas. Aquellas que desean estar, permanecerán. Aquellas que quieren marcharse, lo harán irremediablemente. Soltar es la mejor manera de acercarte al Yo. Soltar es aprender a vivir en el desapego.

En tu camino de desapego, has de cuidar de ti y de tus emociones. Permitiendo que sucedan, sin recrearte en ellas, tan sólo observando a qué responden, por qué aparecen y dejarlas estar. Lo más importante, hacerlo sin exigencias ni imposiciones. Permítete sentir. No hay emociones malas, tan sólo aquellas de las que aprender. Sé gentil contigo, compasiva/o, con tu modo de sentir. No culpes. Agradece. Qué? Agradece estar viva/o. Poder sonreír. El sol. Un buen desayuno. Una ducha caliente. Un recuerdo. Disfrutar de las preciosas playas de Cádiz, de los atardeceres de Sierra Nevada, del mirador de San Nicolás, de un recuerdo, de la canción que te ha atrapado sin querer, de aquellos ojos que guardan ternura, de las arruguitas del espejo, de las primeras lluvias del otoño… Somos tan afortunados y al mismo tiempo tan poco conscientes. Sé comprensiva/o con tu estado de ánimo. Permítete ser y sentir. No bloquees. Acepta. En la aceptación de tu persona está el éxito de la felicidad. La felicidad entendida como paz interior y amor hacia lo que haces y eres.
Cuando debas tomar una decisión, trata de alejar toda emoción. Que tu respuesta esté llena de tu esencia. La esencia de Yo verdadero. Cómo hago esto? Respira, profundo, unos minutos. Imagina a Yo del futuro. Aquella/aquel que observa el pasado desapegado de la emoción. Que sólo sigue sus principios, su criterio. Ella/Él debería estar de acuerdo y orgulloso con la determinación que tomes. En la medida en que sigas las pautas de tu corazón, tu decisión estará bien tomada.

Hemos de aprender también a equivocarnos. Si esto sucediera, acepta que eres humana/o, que has trabajado por hacerlo lo mejor posible y lo fundamental del tema, que los tropiezos enseñan mucho más que los éxitos. Acepta. Todo. Lo bueno y lo malo. Porque en la resistencia existe la exigencia, el dolor. En la aceptación está el amor hacia ti misma/o. Recuerda que aceptación no es resignación. Aceptar un hecho no es ceder ante algo irremediablemente molesto. Aquí hay resistencia. Aceptar es recibir voluntariamente la realidad sin oponerte, ya que en la oposición está la angustia. Piensa en lo contrario, oponerte a un hecho, a algo que ya es. Además de contraproducente, es doloroso. Lo ves?

Como conclusión, me gustaría que te quedaras con esto, la terapia por excelencia para todo es sonreír. Sonreír con ganas, pero también cuando no las haya. Cuando lo haces, tu energía (entendida como estado de ánimo) cambia, tu perspectiva cambia. Cuando sonríes resulta más fácil ser comprensiva/o, amable, aceptar el presente. Sonríe y verás que el mundo se ilumina y tú te iluminas con él.

Gracias por la ternura que de algún modo le pones al mundo.

Un besico,

Belén

Meditación guiada

Siéntate en una postura cómoda. Cierra los ojos. Inhala profundamente. Conecta con tu respiración. En la inhalación elonga tu espalda. En la exhalación suelta la tensión de tu cuerpo. Con cada inhalación siente que alimentas una pequeña luz interior que crece con cada nuevo ciclo de respiración.
Céntrate en tu mente, qué pensamientos hay? Observa, acepta que están y deja que se marchen, sin aprehenderlos, libera la tensión de tu mente y comprueba qué nuevo pensamiento emerge. Repite la operación, deja que se marche.
Sigue respirando. Conecta ahora con tu cuerpo, las sensaciones físicas, tu postura,