Buscaba un refugio

Buscaba un refugio. Para pasar el invierno, arropada, segura. Al abrigo del mundo, del dolor y los malos recuerdos. Un refugio, para hacerme fuerte, para llorar en sus brazos. Sólido, resistente, impávido. Con enormes vigas de madera.

No hay refugios, Belén. Al menos no como tú los dibujas en tu cabeza. No son viriles y feministas a la vez. No te cuidan y te escuchan. No bailan sólo contigo. No te consuelan del mundo hostil. No. No existen.

Hay personas, igual que tú. Con miedos, sueños. Con oscuridad y luz. Pero humanos a fin de cuentas. Repletos de sangre, músculo, grasa, de tendones y huesos, de tripas. Que a veces están, otras, ni siquiera están para ellos. Que tienen pánico al compromiso, a que los leas desnudos. A que los amen, porque ni siquiera ellos se aman. Terror a abrirse, a mostrar lo vulnerable, las estrías y cicatrices. El dolor y la mierda. Humanos disfrazados de modas, de tatuajes, ropa y complementos. Con motos bonitas, o barbas cuidadas. Con más miedo que siete viejas. Personas, igual que tú.

Deja de buscar imposibles, Belén. Suelta la utopía infantil que siempre te acompaña. Abandona la cruzada. Perseverancia no necesariamente es sinónimo de triunfo. Para bien o para mal, ya lo sabes, el único refugio, el que de verdad existe, el que te calma, el que anhelas, está dentro y no fuera.

2 comentarios en “Buscaba un refugio”

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