Naciste lechón…

‘Naciste lechón, morirás cochino’, es una frase que quedó grabada en mi subconsciente. Fue una frase pronunciada al final de una cita que tuve hace unos meses con un chico al que, por cierto, no quise dar otra oportunidad. Estuvimos paseando toda la tarde, tomando unas tapas. Hablando todo el tiempo sobre lo que esperábamos de la vida, nuestros sueños, experiencia, las hazañas vividas…

Soy una persona directa, honesta. Quizás a veces en exceso. Doy demasiadas indicaciones sobre mí y tiendo a ponerme etiquetas que no siempre me corresponden.

Mi principal batalla en la vida ha sido enfrentarme al hecho de que tuve una infancia carente del apoyo y aceptación que permite desarrollar a un ser humano completo, sin el amor incondicional que potencia la personalidad y fomenta la autoestima. Eso cala con una profundidad difícilmente ponderable. Me condicionó inmensamente.

He ido comprobando la profundidad de la huella que dejó en mi ser conforme he ido creciendo y he tenido que enfrentarme a distintas situaciones. Situaciones que para otras personas resultaron fácilmente solventables y que para mí se hicieron y se hacen aún hoy complejas en exceso. De hecho, ha habido momentos en los que me ha sorprendido mi reacción, llegando a no reconocerme incluso.

Esta herida ha hecho de mi vida una épica cruzada en busca de protección, seguridad, amor, aceptación, apoyo, reconocimiento, atención… Pero en el lugar equivocado. Puedo resumirlo en una palabra. Padre. Papá. Siempre he buscado una pareja que supliera esa figura. El que tuve en casa actuó con demasiada violencia, con exigencias, dureza y crueldad. Me gustaría tener recuerdos distintos, sin embargo mi niñez trae a mi memoria el miedo, el dolor y el castigo.

Desafortunadamente siempre me he considerado un ser humano averiado, a medias. Con un sargento implacable en su interior con la capacidad de destruir mi autoconfianza. Gracias a ello, llegó un punto en que toqué fondo. Tocar fondo es lo mejor que me pudo pasar. No había más abismo hacia el que caer. Por tanto, el único camino era hacia arriba, adelante. Y lo hice. Lo estoy haciendo. Lo haré. Sin mirar atrás. Luchando cada día contra mis monstruos. Ésta es la batalla más extraordinaria de mi existencia. Porque implica deshacerme del condicionamiento que me ha hecho ponerme capas y capas de pinchos hacia afuera, hacia adentro, de introyectos, de obligaciones absurdas, de críticas despiadadas hacia mí misma e impedimentos autoimpuestos. Comprendí con el paso del tiempo que mi objetivo es mi camino, que es largo e intrincado pero que recorrerlo me hace poderosa y consciente. No siempre dirijo mis pasos hacia la luz, pero me permito la compasión suficiente para errar, tomar consciencia y recalcular la ruta.

Dejé de ver a ese chico además de porque me mintió en la primera cita, porque era incapaz de creer en mí, en mi capacidad para resolver el mayor reto de mi vida. Aprender a amarme a mí misma. Así que lo último que le escribí literalmente fue:

He tomado la decisión de hacerme independiente emocionalmente. Sé que tú repites “quien nace lechón, muere cochino”. Pues voy a tratar de morir tiburón ballena.

Ya sólo me resta encontrar la senda que me lleve al océano 🙂

1 comentario en “Naciste lechón…”

  1. Preciosas palabras, llenas de fuerza y de intención.
    Aquellos que se escudan en que las personas no cambian, son quienes justifican que el destino esta marcado, que no existe elección y no están dispuestos a cambiar.
    Yo, al igual que tu, creo que somos dueños de nuestro destino.
    Yo, al igual que tu, quiero ser tiburon ballena.

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